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Hay que reconocer que el modelo
humano es muy limitado. La Naturaleza hizo lo que pudo e introdujo
pequeñas variaciones: una tez que oscila entre el sorbete de fresa-limón y
el chocolate profundo, cabellos del oro pálido al negro azabache, más o
menos ensortijados, cuerpos de altura y anchura variables en unas cuantas
decenas de centímetros, pero siempre conservando el esquema básico –dos
ojos, dos orejas, nariz, boca, dos brazos y dos piernas. Con todo, y hay
que ver la de incomprensiones y traumas que originan esas ínfimas
diferencias.
Pero hay gente inconformista y paradójica que, por un lado, pide a su
cirujano los ojos de Penélope Cruz o el trasero de Antonio Banderas, y por
el otro quiere singularizarse con accesorios exclusivos vedados a la
mayoría de sus congéneres.
Me he dado cuenta estas navidades, al leer en las páginas frívolas de los
suplementos de los diarios, la lista de posibles regalos destinados a esa
gente que al parecer tiene de todo lo que se puede tener fuera de sus
circuitos neuronales.
Una de estas novedades es un modelo de WC equipado con ordenador, internet
y todas sus prestaciones anejas cuyo precio se sale del presupuesto de
toda persona razonable y de las intenciones de toda persona lúcida, y que
pone a temblar a todos los nostálgicos del libro impreso, exiliado a esta
habitación y a este momento del día.
Hay también un inodoro cuya cisterna se ha sustituido en parte por un
acuario con sus pececitos por 300 euros. Hasta ahora, el baño era ya el
único reducto sagrado de la privacidad, un lugar donde el hombre, en
encuentro íntimo consigo mismo, podía filosofar sobre su esencia última.
¿Podrá todo ser lo mismo sabiendo que, a tus espaldas, unos cuantos pares
de ojillos te observan, pegados al cristal? ¿Cómo resistir la inquietante
presencia de unas pirañas –siempre hay amantes de lo exótico- mientras uno
está semiacuclillado, con los pantalones bajos, en una estampa de total
indefensión?
Otro de estos obsequios era un ejemplar de braguita confeccionada por
encargo y a ganchillo en una lana metalizada en dorado, una especie de
cilicio de artesanía por 200 euros de nada. Por supuesto, para los menos
imaginativos, están esos relojes que marcan la hora como es su deber, y
esas estilográficas que escriben y todo, diferenciándose del resto (al
menos a mis ojos, que no perciben determinadas sutilezas) en sus precios y
en la marquita de marras, que es como el símbolo esotérico o el ademán
misterioso de los miembros de alguna logia masónica, inteligible para los
iniciados e irrelevante para el profano.
De modo que, para las hornadas de magnates de la especulación que quieran
ser admitidos en esos selectos clubes del adocenamiento elitista, ya
saben: una vueltecita por la Feria de Moscú. Lo siento, no puedo dar
fechas, consulten en el Google-Vip de su cuarto de baño.
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